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El gato no es lo que parece.

  • insanguineveritasb
  • 11 feb
  • 25 Min. de lectura

Reto, reto, reto... escribir diez páginas sobre una imposibilidad, la certeza de lo no posible. O quizás es demasiado posible, pues claro que se pueden escribir diez páginas sobre la imposibilidad de rasgar el papel con decencia, con criterio y con gusto. Se puede estar transido del síndrome del impostor y, a pesar de eso, empezar a teclear, a aporrear, a destruir el teclado con la misma fruición y alambicado desinterés con el que dibujo líneas, luego párrafos, luego puntos y aparte. No, nunca quise dejar aparte el punto, pero era necesario. Era necesario, lo era, sí. Como siempre, ya no sé por dónde iba: necesito un esquema, un guión, unos apuntes, o este ejercicio servirá para nada. La nada... qué hermosa eres, cómo te gustaría abrazarte, sentirte, lamerte y comprender, sí, comprender que, si yo hubiera sido nada desde el principio, ningún camino me hubiera sido requerido, símplemente me hubiera dejado llevar por la corriente seca, tumbo aquí, golpe allá, descubriendo el nacimiento del agua. Pero no: buscaste un porqué, un sentido, y ya todo empezó a torcerse, empezaste a leer porque, claro, no sabías qué hacer con tu vida, no, no sabías por dónde empezar a poner las comas, los puntos y los puntos y seguido, y así durante cierto tiempo donde te escondiste de todos para que ellos no supieran, pero ellos sí sabían. Bueno, no sabían, pero algo sabían: tu mirada no era la misma que la suya, tus emociones, tus respingos, tus bromas, y tú fingías y expelías risotadas y señalabas a las chicas y realizabas movimientos, pero no eras tú y ellos lo sabían, ellas lo sabían, tú lo sabías y todo seguía igual, sin propósito de enmienda. Un esquema, por Dios, unas líneas sobre las que acostar mi escrito como se acuesta el enfermo en unas parihuelas mal trazadas e inservibles.


No me encuentro, he empezado el camino y ya estoy destrozado, el estómago contraído, los ojos llorosos, la boca desencajada, la mueca torcida, intentando apurar a sorbos el aire que, esquivo, siempre va hacia otra boca menos necesitada. Solo quiero llorar, enterrarme bajo tierra y abrir mis carnes y que solo sobre ellas hagan manantial sus aguas. No, no puedo releer nada de lo escrito porque no me pertenece, nada es mío y nada he escrito yo, no sé quién lo hizo, pero ese no soy yo, solo quise ser una piedra más en el camino de migas y… un esquema, un papel, unos trazos, un camino, solo eso pido. 

Tengo la sensación de no haber vivido, de no poder escribir sobre nada, todo se antoja más propio de Sísifo que de mí mismo: una enorme idea, lamida y relamida durante tiempo, empujada hasta la cima de la inspiración, la idea está ahí y cuando llegue al cono del volcán se derretirá y ella saldrá y todo tendrá un sentido y yo estaré tranquilo porque sé que he llegado. Nunca se llega, jamás se escribe y, si se hace, no es nada con lo que alguien pueda entretenerse ni emocionarse ni divertirse ni solazarse ni abatirse. No. La enorme piedra que es la inspiración volverá otra vez, mansamente, melosamente, hacia los pies del creador, y volverá a insinuarse rasgando los oídos del escribiente que volverá a pensar que tiene la gran idea del milenio: allá donde todos fracasaron, la victoria está próxima. Nadie tuvo esa idea, los rostros lo demostraban, porque cuando se tiene la llave de la belleza, del sentido, todos lo saben, ven tu cara, tus muecas, tus intentos fallidos de disimular, pero todos lo saben, todos lo saben y nadie dice nada porque… realmente saben que eres uno más, de los de la roca en la espalda, que va a subir la montaña hasta que su desesperanza pueda con él y lo mate. 

Yo creo que no estoy muerto, pero no sabría decirlo con certeza. Es cierto que interactúo, pero todo me parece tan vacuo, me preguntan cómo estoy y miento, me preguntan qué pienso sobre esto y miento, y sobre lo otro y vuelvo a falsear. ¿Con esto realmente se puede escribir algo que merezca la pena? ¿Alguien se apiadará de mis cuitas y me rescatará y me llevará a la cima de la montaña con mi hermosa piedra para… arrojarme de una vez dentro?


No hay piedad en el mundo, solo dolor y resignación y prisa por ser el primero en arrojar a los demás al pozo. Sigo sin mirar atrás, sé que ya hay frases y más frases y otras por encima de ellas, todas formando un ejército con las picas -perdón- con las letras bien apretadas, pero no sé si he dicho algo y tampoco sé si quería decirlo, solo sé que mi deber es escribir, es mover los dedos. Hay una regla del 80-20, o quizás sea del 85-15, o quizás esa regla ni siquiera exista y símplemente me la acabe de inventar; bueno, yo no, mi cerebro, que actúa desde siempre de forma independiente y yo luego me admiro o me horrorizo cuando veo lo que escribe, pero esta vez ni siquiera caeré en la trampa, no miraré lo que he escrito porque no hay nada bueno ahí, nada que valga la pena, solo debías ser una persona normal y haber apretado el timbre cuando te lo dijeron y haber rozado sus carnes cuando debías y haber dado ese puñetazo en ese momento y no llevar pensándolo seis décadas; ni para eso servías. Ahora tendrías una magnífica vida que recordar y podrías escribir diez páginas, cien, doscientas, que serían interesantes o no, pero podrías, y en cambio no puedes escribir de nada, solo de intenciones, de pensamientos que no llegaron, de deseos que, de tanto quedarse en el esternón, se convirtieron en puñaladas improbables, en absurdos. Calma, calma, no caigas en su engaño.

—¿En el de quién, maestro?

—No lo sabrás, discípulo, hasta que debas saberlo, el conocimiento no es una botella de alcohol a discreción, solo sabrás… 80-20, o era 50-50. Solo sé que, si tienes talento, o alguien cree que lo tienes, o tu cerebro cree que lo tienes y te lleva a creerte que estás en una casa, que tienes una vida, que alguien te aprecia de verdad, si tu cerebro te lleva a creerte todo esto, quizás puedas escribir algo que sirva para que la gente normal, la que sí que supo labrarse una vida, pueda leer tus palabras y decir: “Mira, esto también lo pasé yo, lo pensé yo, lo sufrí yo, ese también fui yo”. Nada dura eternamente, ni siquiera la autolapidación. Es momento del sosiego. Reniego de todo mi camino hasta aquí, aunque ya haya consumido prácticamente toda mi existencia y ahora todo sea una carrera contra el tiempo, contra la mediocridad, empujando a los demás a creer en mis virtudes- dijo el maestro.

Tiempo, tiempo, la única moneda que compartimos todos y de la cual se nos facilitan más o menos las mismas unidades. Ahora ya es tarde para casi todo, esa sensación de no llegar o de siempre llegar tarde, siempre enfundado en tus explicaciones y rumiaciones. Tan tarde que ya poco se espera, que el cerebro se resiste a seguir proporcionando calidad a tus pensamientos y solo se adormece y te facilita ideas sin oficio ni beneficio. Tarde para el árbol que quisiste plantar y que acabó haciéndolo otro con más tiempo y más coraje. Ahora no tienes árbol ni deseos de tumbarte bajo su inexistente sombra. Antes querías árbol y sombra y ramas caídas y fresco, ahora solo quieres tumbarte ante el sol y quedarte inconsciente. Sosiego, camino, aunque solo tengas ya una bala aún puedes emprender un viaje, quizás muy corto, sí, pero aún hay enseñanzas (quizás lo que no hay es ya propósito de para qué aprender…).


Vayamos, pues, al camino...


Este es el viaje de un aprendiz de sabio, un sabio joven que aún no sabe que lo es, que lo acabará siendo porque aún no ha oído las respuestas de los demás para convencerse de que nadie tiene la información que él necesita. El aprendiz caminó porque la sed de conocimiento es lo único que nos hace movernos, no lo sabemos, pero es así, al menos funciona para los aventureros y los sabios que aún no saben que lo son. Nuestro “aúnnosabio” tuvo que marchar, pues no podía ver reflejado su rostro en las aguas tranquilas del riachuelo que lamía los bordes de su vivienda. Asustado, preguntaba a todos quién era él y todos le contestaban una cosa diferente: para unos era un hombre de barbilla recta y ojos soñadores, moreno como el carbón recién extraído; para otros, sus cabellos rizados, apenas dejada la adolescencia, se enroscaban a su cuello como amantes tenaces, mientras que sus mofletes parecían los de un gatete con problemas de autoestima (o sea, gordito). Para los terceros, su barba cerrada y sus ojos de acero despertaban recelo y así se lo manifestaban cuando él les requería por su aspecto. Nadie le decía cómo era realmente y por eso debió emprender viaje para encontrar personas más sabias que sus convecinos, que obviamente sufrían algún tipo de ceguera que les imposibilitaba para las tareas más simples. Caminó y caminó, solo sabía que no iba en círculos porque caminar en círculo es como tener una buena idea y no aprovecharla, siempre vuelve a ti sin substanciarse. Pero los paisajes cambiaban sin que afectaran al estado de su humor, que seguía ceniciento, porque no saber quién se es es lo peor que puede suceder. Montañas lejanas que se acercaban conforme el sol se iba desplazando, temeroso, hacia el rincón; valles con hierba fresca que se abrazaban al pie del viajero como sirenas secas... El camino es tedioso cuando se teme lo que se va a encontrar.

A todos los que se encontraba les preguntaba sobre su aspecto y, aunque sorprendidos y a veces alarmados, para evitar males mayores siempre recibía la contestación, que era la misma que siempre le acompañaba desde el inicio de su viaje: los tres rostros con los que se mostraba a sus interlocutores siempre eran los mismos, sin poderse decantar por ninguno de ellos, ya que se alternaban sistemáticamente uno detrás del otro. En estas cuitas se desenvolvía nuestro sabio, aprendiz o proyecto —pues así se veía en sus pensamientos, alternativamente, nuestro hombre— cuando vino a cruzarse con alguien a quien luego definiría, hablando con el viento, como otra alma angustiada, otro buscador de lo inmaterial, alguien que buscaba también lo que no era sabido. Y lo perturbador es que ese hombre se acercaba con una celeridad inquietante, desde la parte hacia la que él se dirigía, y de súbito una negrura inundó su corazón, lamentando por anticipado que ese errante viniera con preguntas de las tierras donde nuestro hombre pretendía adentrarse para buscar solución.

—Buenos días, buen hombre, tengáis paz, como así se vislumbra que vos la proporcionáis.

—Me admiro, caminante, que con tan pocos trazos sepáis averiguar las figuras. ¿Cómo sabéis si soy buen hombre y, aún más, cómo sabéis que llevo paz? ¿He de admirar vuestra perspicacia o lamentar vuestros juicios precipitados?

—Veo, caballero, que también sois un caminante en busca de respuestas y que nada dais por sentado, porque es bien cierto que vuestras preguntas son pertinentes, nada sé de vos y lo que os dije fue intuición y presentimiento.

—Podría ser y, cuando os vi, tentado estuve de preguntaros por las preguntas que me asaltan desde hace tiempo y que me forzaron a emprender mi viaje, pero veo que vos mismo estáis buscando posiblemente similares respuestas y aquel que busca, obviamente, aún no ha encontrado y, por fuerza, poco me puede ayudar. Me encuentro ya con pocas fuerzas y creí, vana ilusión, que mi viaje podría haber terminado, ahora compruebo desolado que quizás el viaje no acabe nunca o que las respuestas nunca estuvieron aquí.

—Yo también siento vuestro desconsuelo y temo que, si ya habéis recorrido el camino que me falta y no encontrasteis palabra, quizás no las haya para nuestras necesidades.

Mi desconsuelo es no saber quién soy o, al menos, que los demás no lo sepan porque, de diversas maneras, me nombran y con distintas caras me ven, y ahora tengo miedo de no ser real y de imaginarme que los demás me ven y piensan y por ello pregunto sin parar, pero ninguna respuesta me aleja de mi primera impresión: no soy uno, sino tres y, alternativamente, voy mudando mi rostro y apariencia, aunque yo nada de eso pretendo, pero esa es la forma en que los demás me ven.

—Razonable sería ahora mismo que vos y yo interrumpiéramos nuestro camino y diéramos marcha atrás, aun a riesgo de nunca volver a ser quienes fuimos, pero no me resigno y creo que podemos aún averiguar más cosas que nos puedan ser de utilidad para adivinar, si cabe, qué mal nos aqueja y que veo no es solo la desgracia de una persona, sino que se halla extendiéndose.

—Nada perdemos con ello. Sugiero un plazo de tiempo razonable, un mes, para que nos volvamos a reencontrar aquí y nos contemos nuestras averiguaciones; quizás, aunque creamos que no hemos encontrado nada, el otro nos pueda iluminar. Los dos somos hombres sabios, o en proceso de serlo, podremos mejorarnos y quizás trabajar en nuestra cura. Solo perdemos tiempo y de eso vamos sobrados porque vivir con cuitas es vivir de trabajos forzados.

—Lo veo razonable, el tiempo ya es lo que menos me importa si no logro encontrar soluciones, se me hace gravoso cada minuto que no me lleva a la resolución de mi problema. Sea así y en un mes nos encontraremos, y quieran las estrellas que tengamos más razones para querer proseguir con nuestras vidas, ahora tengo un poco más de esperanza porque somos dos los que buscamos y, por fuerza, algo ha de salir de nuestras pesquisas.

--Adiós, caballero, no demoremos más nuestra partida, el tiempo es breve y la tarea ingente.


Partieron los dos sabios, porque ya así se consideraban, y cada uno estuvo caminando y viendo la silueta del otro recortarse sobre el sol descendente y pensando qué milagros ocurrirían para que el otro viera aquello que permaneció oculto a sí mismo. Era un misterio, pero para eso están los sabios, para cortarlos. Nuestro hombre reemprendió camino al ver desaparecer la figura del otro y volvió a ensombrecerse su ánimo: si no descubría nada, ¿cómo podría volverse a su pueblo y seguir con su vida sin saber quién era ni qué había sucedido?Despejó las dudas y se dirigió a la ciudad que adivinaba tras aquellas colinas. No quedaba mucha claridad y, si era posible, prefería dormir bajo techado, ya llevaba varias noches viendo las estrellas y la dureza del suelo no era su preferida. “DISCORDINANCIA” era el nombre que en dos troncos aparecía grabado con desigual destreza, algunas letras perfectas y otras garabateadas sin gracia; en el tronco de abajo, perfección; en el de arriba, el mismo nombre sin ninguna gracia, como hecho por la mano de un niño de pocos años. Me dirigí al primer humano que vi, que me recibió con una amplia sonrisa, me palmoteó la espalda y prácticamente me llevó en volandas a su casa para que comiera allí y durmiera un sueño necesario. Allí me presentó a la que debía ser su mujer, que en ese momento se encontraba cocinando las que supuse exquisitas viandas, pues su aspecto y olor sobrecogían. Me miró con una amplia sonrisa y me dijo:

—Desgraciado mendigo, ¿se puede saber a qué vienes aquí, a esta humilde casa? Seguro que a robarnos la comida y, por la noche, si decidimos regalarte el alojo, a asesinarnos y beberte nuestra sangre. ¡Has manipulado a mi marido para que te dejara quedarte aquí y practicar tus malas artes!

—Nada de eso ha ocurrido, mujer recelosa. Este hombre es un trozo de pan, es un sabio que pregunta no sé qué que no entendí y que solo requiere un poco de comida y descanso, y seguirá su camino.

—Lo que oíste fue un conjuro que te nubló la mente, por eso no lo recuerdas, alma cándida, voy por mi escobón y alejaré de esta casa la ruina que tú pretendías traer.

—Es un sabio.

—Es un nigromante.

—¡Sabio!

—¡¡Nigromante!!

Y entre sabios y nigromantes y platos que volaban, contradiciendo su uso razonable, decidí irme maravillado porque hubiera dos seres juntos que tuvieran tal discordancia entre ellos. Me alejé para no ser aeropuerto de sus platos bastante identificados y escapé como alma que lleva el diablo, pues ser sabio te ayuda a saber en qué situaciones estorbas y estás cerca de recibir aquello que no debes devolver. No había andado ni cincuenta pasos, aún con temblores en piernas y manos, cuando una mujer, realmente bella (salvo para los ojos de un sabio que, como sabéis, son opacos para la belleza femenina)… digo... cuando esa diosa perfecta, esos ojos… ejem, volvamos al relato y no os distraigáis, esa mujer empezó a requebrarme y a mirarme con ojos que la prudencia invita a no describir, y me rogó y me suplicó que fuera a su casa, donde recibiría las atenciones que sin duda me merecía por mi “maravilloso porte y exultante belleza”. No podía adivinar qué extraño hechizo mantenía prisionera a esta buena moza y me disponía a zafarme cuando, ante mis maniobras, la moza llamó, de forma imperiosa, a quien resultó ser su marido para que acudiera. En ese momento ya me di por consagrado, puesto que adiviné que la tunda que iba a recibir sería digna de ser contada, pues encima cargaría con la culpa de haber intentado forzar a tan gran beldad. Se acercó a grandes pasos un galán de cuento, de saga, de trilogía; si ella era hermosa, él no andaba a la zaga, más parecía que flotara y no caminara, tal era su porte. Cuando se hubo acercado a mí no pude hacer otra cosa que inclinarme hacia atrás y encoger los ojos, preparado para el siguiente paso, que por fuerza había de ser una bofetada o puñetazo por ser un osado con su amorío. De esa guisa esperé la certera estocada unos segundos que pudieron ser minutos, y no me hubiera movido de mi posición si no hubiera escuchado unas risas como de riachuelo, sencillas y relajantes, que me impelían a abrirlos.

—Pero, caminante, ¿qué hacéis con esa postura tan graciosa? Estáis echado hacia atrás, con las manos vueltas al sol y cerrados los ojos, tal parece que sea la primera vez que os enfrentáis en —ya veo, desigual— batalla a nuestro querido benefactor. Si tanto os molesta, calaos mejor vuestro sombrero y mirad más hacia tierra.

—Querido marido, mirad lo que he encontrado, ¿no ves la reencarnación de Apolo en esta figura? Unos andares como de rey, un porte de dios, no descarto que lo sea y que haya venido aquí a probarnos para darnos después favores.

—Así es, ante él no somos más que figuras descabaladas, sin gracia ni viveza -hablaban entre ellos mientras nuestro sabio intentaba alejarse-. Alto señor, ante vos me inclino y os ofrezco mis bienes y posesiones y mis actos y acciones y todo lo que pueda hacer y decir y mis trabajos.

—Alto ahí, muñequín —dijo la mujer—, siempre haces igual, ¿quién lo encontró? No es una pregunta difícil, seguro que aún un chisgarabís como tú puede resolver esta pregunta. Yo le ofreceré mis dones y mis acciones y mis trabajos y, si encuentra necesario, aunque veo extraño ese deseo, que tú también seas ofrecido, así será. Respeta el orden en que las cosas han sucedido.

—El extranjero dios estará conmigo y, si es necesario, te ofreceré a él atada y con una manzana en la boca para que le sepas mejor cuando te coma.

—Sigue soñando, guapín —le espetó la moza mientras le estampaba en la cabeza el cántaro que desde el principio llevaba la grácil dama y que bautizó con lo que supuse era vino, la cabeza y todo el cuerpo del efebo respondón. El otro trastabilló y se fue alejando mientras la moza le mentaba tantas madres como pudo recordar y le daba puntapiés y nalgadas que el otro no atinaba a esquivar, pues la conmoción y la borrachera, toda junta, se le vino.

Como podéis imaginar, ante tan sutil cambio de pareceres, un sabio lo que suele hacer es mediar en este conflicto y llegar a un acuerdo, cosa que yo… hubiera hecho si fuera un sabio, pero, como sabéis, no lo era, ya que aún no tenía mi camino hecho, así que rápidamente me fui, porque sabéis, amables lectores, que soy de pocas palabras, de mucha escucha y frágil de cuerpo, así que poco podía hacer para entrometerme en tan domésticas disputas. Así pues, visto el rótulo de la ciudad, que asomaba por el final de la calle por donde eché a correr, me dirigí sin tardanza allí y, justo cuando le di la vuelta al rótulo para mirar —esperaba que por última vez— el pueblo de locos donde había estado, leí lo que ponía el rótulo por su reverso: “DISCORDALIA, el pueblo donde sucede lo contrario de lo que esperas”. A pesar del miedo que aún llevaba, la lectura de esta sentencia me hizo sonreír y lamentar que, al entrar, no hubiera leído el anverso del rótulo y así afrontar con más entereza las aventuras que aquí me tocó sobrellevar. El día se iba apagando y suerte que encontré una granja a unos centenares de metros de la ciudad, pueblo, ensoñación o lo que fuera Discordalia, y en el granero de la citada granja se pudo acomodar el pobre aprendiz de sabio, que ya notaba en sus costuras los kilómetros a cuestas y, sobre todo, la falta de descanso que todas sus tribulaciones y sus nulas averiguaciones le echaban inmisericordes.

—¿No irás a tenderte ahí? ¡Vaya mal arreglo de cama que te has hecho, serás desastre!

No fue un gran sobresalto el que experimentó nuestro hombre, pues, según luego razonó, su cuerpo, y sobre todo su mente, ya se iba acostumbrando a que lo inusual reinara en sus días, y se giró para dar una explicación razonable al humano que así se le dirigía de imperioso, y justificar el no haberse presentado ni pedido permiso para aposentar sus machacadas carnes. Giróse y fue en vano, pues el hombre, tal era su voz, debía encontrarse ocioso y prefirió esconderse para alimentar un poco más, si cabe, el desconcierto del caminante, al que de todas formas a estas alturas ya le empezaba a anidar en toda su esencia una resignación ante cualquier cosa que le aconteciera, entendiéndola como parte del viaje y, ojalá —calla, esperanza fútil—, la contestación a todas sus cuitas y desvelares.

—Mucho mirar aquí, mucho sorprenderse allá, pero la cama sigue sin ahormarse de manera suficiente para proporcionar un descanso que no sea miserable. ¿Así quieres tú caminar para averiguar sea cual sea tu propósito?


La voz sonaba extrañamente cerca, pero seguía sin ver al poseedor de un timbre tan característico, dulce, armonioso y al mismo tiempo duro y elevado. Más allá de unos cerdos y unas vacas, que ni le miraban, se encontraba solo, en tanta soledad como cuando decidió emprender camino. Por un momento empezó a maldecir su inventiva, pero se cayó al borde de la maldición, era un sabio y su función en los cuentos no era perder los estribos, sino indagar y proyectar una imagen de calma y seguridad. Pero a veces era muy teórico conservar la calma al mismo tiempo que iba naciendo la sensación de que su camino había cambiado de rumbo.

—¿No te parece, cerdito, que todo empieza a desmoronarse? Estoy aquí con vosotros, sencillos y laboriosos animales de granja, y solo hago que percibir voces, quizás deba dar por concluso mi viaje y ser conducido por hombres doctos a aposentos donde se me pueda dar cuidados.

—A mí qué me dices, caminante, nada sé de tus males ni, en confianza, me interesa mucho lo que te atormente. Aquí vemos pasar a muchos viajeros, todos con cayado y sombrerete y todos ponéis la misma cara cuando nos escucháis hablar: pasmados, con la boca abierta. Sois todos iguales, no sé qué verdades buscáis, pero, a fe, que cuando aquí os veo nada habéis encontrado y no sé si algo encontraréis, pero por vuestras pintas…


Esto ya era el colmo de mi mal, no solo oía voces, sino que, al no encontrar a su original proferidor, ahora se las achacaba a animales que jamás gozaron de tal condición. Mi estado, evidentemente, por algunas fiebres no detectadas, debía de ser peor del que suponía, pero, vencido por el cansancio, entendí que no sería difícil negociar con el cerdo mi estancia allí, al menos hasta el día siguiente, donde huiría rápido del cerdo y de mis alucinaciones.

—Estimado cerdo, ¿tendría a bien indicarme qué necedades he cometido al arreglarme este montón de paja?

—Ayyy, cabeza hueca, hay demasiada poca paja y está toda repartida en un sitio, pon más y repártela en toda tu extensión o solo tocarás suelo cuando te muevas.

—Agradecido, señor.

—No soy ningún señor, soy un cerdo y bien contento estoy.

—Disculpe, no quise hacerle de menos, no me lo tenga a maldecir.

—No seas tan melindres, no necesito tratamiento ni donosura ni trato, solo métete en tu paja ahora que has conseguido algo medianamente decente y déjanos dormir a mí y a mis hembras, para que mañana no sea un día duro. No vi más hembras que las tres vacas que, en el pequeño recinto del establo, se recortaban y pensé, vencido por el cansancio, que sería tonta cosa hacerle notar que él era un cerdo y ellas unas vacas, así que me arrebujé en la cama, tan toscamente hecha, y, dándole las gracias, les deseé a todos un feliz sueño. La respuesta, si se produjo, no la oí, salvo un estruendoso ulular del viento, o eso creí, porque a los pocos segundos me encontré la nariz saturada de un olor podrido que en otras circunstancias hubiera atribuido a un cuesco lanzado a traición por hombre o animal, pero con evidentes trazas de dolor estomacal. Como pude, concilié el sueño una vez me di cuenta de que este gas no era mortal. Al día siguiente, abiertos los ojos, me encontré con cuatro más —cuatro ojos—, no eran los del cerdo ni los de las tres vacas, esposas del cerdo, sino los de granjero 1 y granjera 2 —no conocía sus nombres—, que, con una mirada muy desatenta, me miraron y se alejaron mientras me dejaban una escudilla con pan, queso y una sopa de aspecto agradable y circunstancias desconocidas. Me esforcé por hablarles, pero ellos solo proferían gruñidos como de vaca o de cerdo y no conseguí que ninguna palabra, al menos de las que yo entendía, me fuera enviada, así que desistí al poco, pensando que las locuras me seguían acechando y era pérdida de tiempo averiguar qué idioma hablaban, si es que sabían alguno. Me despedí del cerdo, que me lanzó un hosco “adiós”, y reemprendí la marcha pensando claramente que la granja, aunque un poco lejana, seguía siendo Discordalia y que poco más se podía averiguar por allí.


Aún no estaba el sol crecido cuando un nuevo pueblo salió a mi encuentro —pues así ya empezaba yo a pensar que ocurría, no iba yo a los pueblos, sino que ellos acudían a mí, ávidos de mostrárseme—. Se llamaba Petotis y nada pude adivinar del porqué de su nombre, así que decidí hablar con los lugareños y saber si era un pueblo normal o seguían los prodigios y los sueños.

El primer lugareño se me apareció extraño —vaya novedad—, pues exhibía una sonrisa muy contagiosa y unos coloretes en los carrillos ciertamente llamativos, pues le calculé unos cuarenta y cinco años, y vestimenta totalmente de campesino, así que no pude averiguar las seguramente poderosas razones que le habían llevado a acicalarse (realmente a pintarrajearse como un monete) pero no acababan ahí las rarezas: me sonrió y empezó a hacer bombas con la boca y a dar saltitos juntando los pies y hablando —creo que eso era un habla—, preguntándome a diestro y siniestro:

—¿De dóde haz venido tú? ¿Haz vizto a mi papá? Me dijo que me ezperara aquí un ratito y la cosa es que yo creo que ha pasado aldo de tiempzo y que no viene, he tenido que ponerme a hazer cozaz para entretenerme. ¿Lo has visto, visto, vistooooo?

No podía creer que este hombre ya talludo me estuviese hablando como si tuviera tres años y estuviera jugando a las peonzas o a las argollas con sus amiguitos. Estaba claro que no me había alejado de las locuras de los hombres, seguía dando tumbos sin salir del círculo.

—No, chiquitín, no he visto a tu papá, ¿hace mucho que se fue?

—No dze, zoy muy pequeño y no tengo forma de averiguar cuándo pasa el tiempo. Supongo que no fue ayer, quizás tampoco anteayer ni más de anteayer, hace un poco de tiempo, sí, pero no sé calcular, solo soy un petot.

—No te preocupes, chavalín, me suena haber adelantado hace un par de días a un hombre que hablaba de reunirse con su hijo, al que había dejado un momento para realizar gestiones. Ese debe ser, pues me suena que tenía tu misma cara, un poco más avejentada, claro.

—¡Iupppiiii, eze debe zer! Ya era hora, la verdad es que el tiempo se ha hecho largo. Ya eda hora que viniera a por mí, gradiaz, caminante.

—De nada, pequeño, no te preocupes, está a punto de volver.


Me alejé de allí rápidamente porque una sensación de tristeza me había invadido las tripas y mi mentira piadosa se me había echado al cuello como una manta desbastada y sucia que me apretaba el cuello. Seguí caminando y por todas partes veía hombres y mujeres adultos —ningún niño, por otra parte, qué curioso— y todos tenían esa misma expresión embobada de felicidad sin cuestionamiento, sin reglas. Por todo se sorprendían, veían una sombra, se reían; no la veían, se reían aún más; se encontraban y, en lugar de ponerse a hablar, se ponían a jugar, a perseguirse, a subirse unos encima de otros y arremeter contra el equino vecino como si hubiera una lanza mágica, por supuesto invisible, que les facultara, si era llegado el caso por su maestría, a descabalgar al otro. Más risas y luego se bajaban y seguían su camino. Todo era juego y diversión. Me marché de allí más rápidamente que de los otros lugares porque, aunque todos parecían felices y despreocupados, me invadía la sensación de arenas movedizas temporales: todos habían caído allí y ahora solo podían dar vueltas y vueltas esperando… a saber qué. No quería caer yo también y me fui corriendo. Como siempre, sentía que mi viaje se iba acabando y, encontrara lo que encontrase, no iba a seguir mucho más: en breve emprendería viaje de vuelta, tuviera o no las respuestas.


Dejé Petotis y me adentré en la siguiente aldea. No tenía nombre o yo no lo vi, ya no podía estar seguro de nada, pero, por más que oteé los alrededores, no vi ninguna tabla de madera, solo unos carteles de tamaño mediano donde se podía leer, con letras que parecían hechas con garras y no con manos: “No te olvides de saludar a LLORICAS”. Interesante personaje ha de ser porque tiene aquí este recordatorio, quizás lo haya hecho él o alguna de las personas que lo tienen por vecino principal. Dispuesto a no incumplir de ninguna forma el mandato o advertencia que rezaban los carteles, me puse a saludar a todo el mundo llamándole “Lloricas” -extraño nombre, por cierto- para asegurarme de que no se me escapara el saludo a la persona que presumía tan honorable. Por ello empecé a moverme nerviosamente de un lado a otro de las casas, pero debí escoger mal momento porque todos los hombres y mujeres debían de estar en labores del campo, pues a nadie vi allí. Nadie no es la palabra adecuada, seres vivos había, y bastantes, pues apenas podía caminar por las callejuelas repletas de gatos, sí, gatos, muchos gatos, decenas o centenares, no sé; era un poco inquietante tanto amor de los lugareños a tanto gato que campaba —ya se veía— a sus anchas por el pueblo. Gatos flacos, aunque no escuálidos ni enfermos, gatos indiferentes a mi presencia, de todas las razas posibles y de las razas que no lo son, sino mezcla de individuos poseídos por las lujurias animales. Realmente no eran todos escuálidos, había uno que se movía indeciso, las patas no podían sostener su corpachón y se movía de parte a parte, seguramente para poder equilibrarse en cada movimiento, haciéndome temer que iba a adoptar una postura de tortuga boca arriba en cualquier momento. Sin poderlo evitar, dije:

—Pobre animal, vaya amo debe tener, que lo ha cebado hasta el extremo de que apenas puede caminar y en breve deberá ir en una carretilla.

—A ver si tenemos un poco más de respeto hacia los demás —surgió una voz, no sé de dónde realmente, porque creí que no había ningún ser humano cerca de mí.

—Disculpe, no sabía que el propietario del gatito se encontraba cerca, no quería que parezca que censuro su actitud, entiendo que los gatos son glotones y usted, movido por su cariño, solo quería satisfacerlo.

—Siga, siga, caballero, con sus insultos, no pare, ya veo que no piensa parar con ellos.

Al final me tocó mirar hacia mis pies mientras el panza-gato se paseaba indiferente a mi presencia, sin saber hacia dónde dirigir mi mirada, y ahí todo empezó a perder sentido (si alguna vez, en este desdichado viaje, algo lo ha tenido).

—Grumoso, al fin te dignas a mirarme, mira el sietesuelas lo creído que se lo tiene. A ver si va a pensar que el único que tiene sesera es él, míralo, vaya Adán, todo sucio, que parece que se haya rebozado en cualquier cochinera. Alma de señor, cuerpo de borrico.

En ese momento todos los gatos emitieron un extraño sonido que no puedo por menos de pensar que era una carcajada, pero todos sabemos que los gatos nunca sonríen salvo que estén adivinando la próxima maldad que van a hacerte.

—Qué locura es esta, un gato hablando, no creo que ya me quede más por averiguar y posiblemente no deba demorar ya más mi vuelta, porque está probado que he perdido la razón, si en algún momento la tuve, y he de volver pronto antes de que alimente al mundo con otro loco más.

—Eso, vete, veo que eres un humano tan simple como los que eran nuestros compañeros —aquí los gatos volvieron a emitir unas carcajadas aún más profundas que antes—, perdón, nuestros esclavos… -y me lanzó una larga mirada cargada de retranca.

—Debes haberlos visto, pues de allí vienes. Han fundado otro pueblo pero, como puedes ver, pobrecitos, no llevaron bien el saber que podíamos hablar y se volvieron un tanto, ¿cómo diría?, inestables, pobretes. Quizás debieras marcharte ya si no quieres acabar así, ¿no creeissss? —lanzó una mirada inquisitiva a sus congéneres que acabó en una mueca autocomplaciente y perversa—. Adiós, hombrecillo. Me miró con una sonrisa que no alcancé a apreciar y pensé que mejor sería reemprender la marcha: ya había tenido bastante displicencia por hoy y encima de un animal, un “gorderas” que me miraba de arriba abajo muy despreciativamente y encima no debería de poder hablar…Me marché con aspavientos y decidido a llegar al último pueblo que encontrara y luego volver de regreso pero campo a través, no pensaba volver a pasar por ninguno de los pueblos en los que ya había estado y que no habían servido para absolutamente nada, salvo poner a prueba —y, ciertamente, haber perdido— la cordura de la que pensaba que gozaba al iniciar el viaje. Nada de eso ahora parecía tener sentido, mi camino, en lugar de una vía para el autodescubrimiento, había devenido una travesía cierta hacia la locura. Solo me faltaba encontrarme con una reunión para tomar té y un sombrerero afable y sabría exactamente dónde me encontraba.


Sin ningún ánimo llegué al último pueblo que mis ganas, mi entendimiento y mi desesperación podían soportar. Tuve que mirar en el tronco donde se había grabado el nombre porque no podía entender bien su significado. “YOMISMO”. Otro acertijo para el que mi pobre cabeza ya estaba dando sus últimos gritos, así que simplemente me dejé llevar. Entrando en el pueblo, apareció otro portento, suponía que ya el último porque mis deseos de volverme ya eran demasiado acuciantes. En ese pueblo observé que estaba lleno de caminantes que lucían vestidos como él, con ropa recia y desgastada por los muchos sudores acumulados de las extensas jornadas. Unos aparecían enjutos, otros tonélicos, algunos imberbes de pura juventud y los otros con más barbas que vida les restaba. Toda la escena era un puro nerviosismo, pues se interpelaban unos a otros con las mismas preguntas que él mismo recordaba haber dirigido a los lugareños. Uno pasaba de ser caminante a ser confundido con el sabio que, indefectiblemente, les proporcionaría las respuestas. De un simple vistazo se ahorró seguir el camino que todos ellos iban trazando y advirtió, con un relámpago de cordura y sabiduría amargada, que ya no había salida: la sabiduría no se encontraba allí ni en ningún otro lugar que hubiera visitado. Abatido, se dejó guiar —a saber por quién— hacia el rumor de un cercano riachuelo que se adivinaba entre cañas altas que impedían ver más allá. Era ya un rumbo hacia la nada, hacia el descanso sin recompensa.

—Ilustre caminante, os veo caviloso, ¿ya encontrasteis lo que tanto queríais?La voz correspondía a un mancebo que se encontraba pescando de un buen humor extraño, pues el día estaba ya muy hecho y no había piezas en su zurrón.

—Me identifico con vos, amable muchacho, yo también salí al mundo a pescar, seguro de llenar mi zurrón e incluso rebosarlo, y me encuentro en el ocaso del día y sin piezas que echar en él.

—Yo no estoy pescando, querido compañero. Solo miro al río y converso con quienes por el azar y su destino se me acercan. No busco nada y por ello nada pierdo pase lo que pase con mis días. Acepto lo que se me ofrece.

—No esperaba encontrar aquí, en este lugar, palabras tan sabias. El tiempo y ahora tú, muchacho, me habéis enseñado algo que ya debí haber aprendido antes de emprender camino. Partí de mi casa buscando soluciones y nada he encontrado que ya no supiera.

—Bueno, Matías…

—¡¿Qué locura es esta?! ¿Sabes mi nombre? Seguro que no te lo he referido, nadie, en realidad, lo sabe, nunca alcancé tanta vecindad con nadie como para contárselo.

—Lo sé todo de ti, pero ahora eso no importa. Viniste, como tantos otros, por estos caminos con grandes y extraordinarias preguntas y encontraste prodigios, pero ninguna respuesta. Era lógico lo que te iba sucediendo. En realidad… nada de lo que viste te sucedió en verdad, no estabas preparado para ver la verdad y, por ello, en lugar de los aldeanos que a ti se dirigieron con franqueza y la naturalidad que enseña la dura tierra, escasamente generosa, tú viste gatos burlones y habladores, aldeanos que se comportan como niños porque nunca tuvieron esa niñez y aldeanas concupiscentes y sumisas que deseaban gracias de ti.

—Todo fue real y tú eres otro prodigio que sacude mi entendimiento, pues conoces mi nombre y mis andanzas por esos pueblos.

—No perseveres en tus errores, las conozco porque soy TÚ, soy tu yo que te intenta bajar a la tierra. En tu lugar, nunca buscaste nada, nunca intentaste encontrar a nadie, te escondiste de cualquier relación, nunca te valoraste y pensaste que todo lo que podía dar de sí tu vida lo encontrarías fuera. Buscaste un sentido a la vida, pero nunca estuviste dispuesto a encontrarlo. Tu viaje nunca debió emprenderse pero… si por fin entendiste, aquí acaba.

Matías volvió a mirar en sus recuerdos, en sus huidas constantes, en su descorazonamiento habitual, volvieron a su cabeza los gatos parlantes, los campesinos juguetones, las lugareñas tremendamente amistosas. Todo seguía sin tener demasiado sentido, pero le pareció que, a partir de ese momento, el río, sus aguas, su rumor, se mostraban mucho más claros que antes.


Por @MarianicoJose on Twitter X

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